Jaime Andrés Ospina/BBB: Barcelona, Bogotá, Boston


Juan Andrés Ospina

BBB: Bogotá, Barcelona, Boston
Armored Records/Millenium

2009


Los números no mienten. Después de varios años en que la producción discográfica de jazz nacional había comenzado a repuntar significativamente, es una pena, por ejemplo, que de los quince discos que se editaron el año pasado hayamos pasado a tan solo cuatro en lo que va corrido de este año. Uno de ellos es “BBB: Bogotá, Barcelona, Boston”, ópera prima del joven pianista bogotano Juan Andrés Ospina. Pensado y escrito en tres ciudades donde Ospina ha vivido durante una década, este es un registro en el que podemos descubrir a un gran compositor pero, sobre todo, a un soberbio arreglista.
Siete composiciones (más una versión de “Muy Antioqueño” de Héctor Ochoa) dejan en claro que estamos ante un músico maduro con muchos recursos para poder filtrar en una sola sonoridad jazz muy actual (“BBB”, “Amherst”), nostalgias andinas (“Todavía no”, “Al Chicamocha”) y juguetones golpes percutivos emparentados con el Pacífico y el Caribe colombianos (“Palmaniche” y Yasé mehoku ira”).
Acá hay algo que nos recuerda al primer Puerto Candelaria, a Tico Arnedo pero, por otro lado nos remite, también, a Danilo Pérez y a Maria Schneider. “BBB: Bogotá, Barcelona, Boston” es un disco limpio y sofisticado lo que no quiere decir que sea amanerado ni forzado. Por fortuna no cae en lugares comunes, agrada y se disfruta de principio a fin. Excelente debut para un gran músico que, extrañamente, no fue tenido en cuenta dentro de la temporada de jazz en Colombia.

Publicado originalmente en Music Machine #003, Noviembre de 2009

Siguarajazz/ Manrique Mambo



Siguarajazz

Manrique Mambo

Nativo Records/ Merlín Studio Producciones

2009

Otro de los discos en coordenada jazzera que se han editado en el 2009 corre por cuenta de Siguarajazz, banda proveniente de Medellín que con “Manrique Mambo” llega a su segunda producción discográfica. Mientras en “063” (Nativo Records, 2007), se debatían entre el sonido afrocubano y algunas influencias prestadas de la música del Caribe y la zona Andina colombianas, en esta nueva placa la agrupación definitivamente ha privilegiado ese toque afrocubano necesario para catalizar un caudal de energía y buenos solos.
Nos encontramos con un disco sabroso, ideal, por un lado, para echarse un baile y, por el otro, para escuchar atentamente (sin perder detalle) la poderosa cuerda de vientos (José Tobón, Juan Pablo Castaño), el tremendo pianista (Diego Lopera) y todo el cuidado que el bajista Juan García ha tenido con los arreglos. “Manrique mambo” es un álbum variado que transita entre la descarga neoyorquina (“En la cocina”, “Décimo”), el toque soul a lo Poncho Sánchez (“Cantar de la mañana”), la samba (“Curiosiño”, la timba (“Es ahora”) y el danzón (“Danzón Trujillo”).
Este es el “sonido paisa” que le habría gustado a Andrés Caicedo.

Publicado originalmente en Music Machine #003, Noviembre de 2009

Gordos´s Project/ The New Tablado


Gordo´s Project

The New Tablado

Independiente

2009


A propósito de Andrés Caicedo y del sonido paisa, Gordo´s Project me hace recordar aquel cartel memorable inscrito en “Que viva la música” donde Caicedo se iba lanza en ristre contra el chucuchucu: “EL PUEBLO DE CALI RECHAZA: A Los Graduados, Los Hispanos y demás cultores del “sonido paisa” hecho a la medida de la burguesía, de su vulgaridad” Cabe preguntarse entonces qué habría juzgado el escritor caleño si un grupo como Gordo´s Project le hubiese dado un disco. De seguro no habría sido tan implacable. La razón es bien sencilla si tenemos en cuenta que el guitarrista José Villa (cerebro detrás de esta banda) tiene la agudeza suficiente para hacer una lectura ingeniosa de esa música que durante muchas décadas ha sido desdeñada por los cultores del “buen gusto”. Sin pretensiones de corte intelectual (de esas que buscan legitimizar la cultura popular detrás de aburridas parrafadas académicas) Villa puede pasar fácilmente desde un merengue de letra mordaz como “Fashion” hasta “Cumebia” y “Tartamudo”, la primera una cumbia, y la segunda una guasca donde el guitarrista se muestra como un cantante privilegiado que puede cantar con naturalidad trabalenguas, juegos de palabras, e incluso, ponerse en los pantalones de un tartamudo enamorado.
Así, en medio de mucho humor y poca solemnidad, José Villa tiene tiempo para caricaturizar la “vulgaridad” romántica del chucuchucu en cortes bailables como “Terror”, “La Faldita” y “Nasty”.
En estos tiempos, donde Juanes se disfraza con camisetas desteñidas y arma pifias mediáticas como el concierto en La Habana, José Villa no se viene con ligerezas y, sin abusar del falso panfleto, se despacha un vallenato escéptico donde puede pronunciar su descontento:”Ni azules ni rojos/ con maquinarias o independientes/ni izquierda ni derecha/ mucho menos la oposición/Ni populistas/ni de alcurnia por la situación/ni con sancocho ni con lechona/ya no convences y hablas popó”.
A Caicedo le habría caído bien este tipo que a pesar de su gran envergadura sigue, como muchos, invisible. De Juanes, ni siquiera sarcasmo habría brotado del caleño suicida.

Publocado originalmente en Music Machine #003, Noviembre de 2009

Martina Camargo/ Canto, palo y cuero


Martina Camargo
Canto, palo y cuero

Millenium

2009


Tuvieron que pasar 3 años para que Martina Camargo, cantadora oriunda de San Martín de Loba (población ribereña del Magdalena), nos deleitara de nuevo con un disco en el que su voz es la principal protagonista de berroches, guachernas y chandés. Luego de algunas relevantes apariciones en los dos volúmenes de “Tambora: Baile Cantado en Colombia” (editados con lujo de detalles por Guillermo Carbó en 1995), además del recordado “Cantadoras” de Alekumá y su vibrante participación junto a Noel Petro “El Burro Mocho, Emilsen Pacheco y Ever Suárez en “Conector” de Héctor Buitrago, Camargo entra de nuevo al ruedo con “Canto, Palo y Cuero”, un disco en el que vuelve a retomar la tradición de la Tambora, legado sonoro de cimarrones y negros bogas (antiguos pobladores de la sub-región meridional de la depresión momposina) que, en tiempos de conquista, tuvieron que adaptar sus costumbres ancestrales al yugo español.
Hija de Cayetano Camargo, una de las figuras más emblemáticas de la Tambora en la cultura lobana momposina, Martina hace un ejercicio de memoria colectiva e interpreta (con alegría en unos casos y persuasivo dramatismo, en otros) algunas de las mejores composiciones de su padre. Además, para corroborar que la tarea nemotécnica se hizo con suma rigurosidad, sus dos hijas (Daniela y Nataly) acompañan a la cantadora en un gesto donde queda en claro que viejas y nuevas generaciones se unen para preservar, sin purismos exagerados, una tradición musical que, como muchas en Colombia, se encuentra al borde de la desaparición.

Publicada originalmente en Music Machine #003, Noviembre de 2009

Varios Artistas/Cantos de Desarraigo


Varios Artistas
Cantos de Desarraigo: Travesía de la Costa Pacífica Colombiana a Bogotá

Fundación Contamíname
2009


A principios de 2009, en estas mismas páginas, celebrábamos con cierta reserva la edición de Pacífico Colombiano: Music Adventures in Afro – Colombia, una bella compilación prensada en Holanda por el sello Otrabanda Records. Un año después, a pesar de que el Festival Petronio Álvarez gana prestigio oficial y de que ChocQuibTown ha logrado penetrar los mercados internacionales, no deja de ser irónico que otra nueva compilación de estas músicas marginales provenga de Europa.
Cantos de Desarraigo: Travesía de la Costa Pacífica Colombiana a Bogotá, es un disco-libro editado en España por la Fundación Contamíname para el Mestizaje Cultural y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo con el serio propósito de seguir poniendo en evidencia (no sólo ante la comunidad internacional sino también ante la población colombiana, esto último algo que por cierto resulta vergonzoso) la espeluznante realidad del desplazamiento forzado que han sufrido por más de veinte años las comunidades afro-descendientes del Pacífico Colombiano.
Por fortuna este no es un documento oficial lleno de cifras y culpables ni tampoco es una colección de música pensada bajo el sospechoso fervor optimista del tipo Colombia es Pasión; acá hay un ejercicio de memoria colectiva donde no se oculta la barbarie para mostrar la belleza.
Bajo estos presupuestos, la antropóloga Adriana Molano en conjunto con la historiadora Andrea Restrepo y el músico Mateo Molano, lograron atar dos cabos contradictorios de la realidad nacional para recapitular los horrores del desplazamiento forzado y cómo, a consecuencia de éste, las músicas colombianas, en este caso las provenientes del sur y el norte del Pacífico, han sufrido procesos inevitables de mestizaje en la medida que el desarraigo ha llevado a una buena porción de sus actores principales a instalarse en complejos urbanos como Buenaventura, Cali y Bogotá.
Así las cosas, una parte del libro-disco reúne dramáticos testimonios de campesinos, dibujos realizados por niños desplazados para el cortometraje animado Nacidos bajo el fuego y la sobrecogedora crónica Buenaventura, la resistencia negra a cargo de Alfredo Molano quien también aporta un texto investigativo publicado originalmente en el libro “Para que se sepa” del Consejo Noruego para Refugiados.
Por otra parte, no como paliativo, la compilación musical deja ver algunas de las manifestaciones de corte urbano más relevantes en los últimos años como ChocQuibTown, Bahía, La Revuelta, Tumbacatre, Saboreo, Mojarra Eléctrica y Comadre Araña. Al lado de ellos y como testimonio de resistencia pasiva ante el desplazamiento, nos topamos con grupos de marimba de chonta y chirimías tradicionales como Canalón, El Negro y su Élite, Ritmo Son, la Chirimía Tradicional de Leónidas Valencia, Zully Murillo, el Grupo Naidy y tres grabaciones inéditas (registradas in situ por Mateo Molano y Urián Sarmiento durante el trabajo de campo de la investigación) de legendarios maestros que hasta ahora obtienen visibilidad como lo es el caso de Diocelino Rodríguez, Silvino Mina y Gualajo Torres.
Y como para que nada quede en el aire, los realizadores de Cantos de Desarraigo han tenido la agudeza de intercalar, frente a esa realidad que nos obstinamos en dejar a un lado, textos muy puntuales (glosarios, fichas técnicas y entrevistas) para comprender, por un lado, que las músicas tradicionales del Pacífico colombiano no son solo expresiones meramente estéticas sino también experiencias políticas y sociales, y, por el otro, para que el lector- oyente se familiarice con el concepto Nueva Música Colombiana, tan mentado es estos últimos años por periodistas, músicos, investigadores y aficionados
A pesar de que un raro sinsabor aparece después de la lectura de este libro-disco, su audición basta para darnos cuenta de que los colombianos no somos tan espantosos; ni tan felices, como algunos nos han querido mostrar afuera.

Más información acerca de este disco:
www.cantosdedesarraigo.info

Publicado originalmente en Arcadia # 52, Enero de 2010

Damián Ponce/ Disímiles



Damián Ponce

Disímiles
La Distritofónica

2009


Hace un par de semanas nos preguntábamos con una amiga sobre los portafolios de música local que habitualmente se les presentan a las áreas culturales de las embajadas en otros países. En un momento privilegiado de nuestra historia, cuando el abanico musical es quizás el más grande que Colombia ha podido ofrecer en muchas décadas, reflexionábamos sobre las directrices que se han tenido en cuenta para diseñar dichas carpetas y llegábamos a la conclusión (muy obvia, por supuesto) de que prevalecía una intención harto nacionalista, excesivamente comercial, complaciente y prejuiciosa con otros géneros que no apelan al cliché rumbero.
¿Y el resto? ¿Dónde ha quedado el jazz, la electroacústica, la música de cámara, incluso el rock en sus vertientes más radicales como el metal y el punk?
Siendo justos, esta no es una problemática que deban tragarse entera los curadores. Empieza desde la difusión. Salvados los esfuerzos de Radiónica, en el caso del rock, y de UN Radio y Javeriana Estéreo, por el lado de la electroacústica y el jazz, son pocos los lugares idóneos para que estas manifestaciones sean divulgadas. En el caso de la música de cámara, que existe en Colombia desde los tiempos de Pedro Morales Pino, el panorama es más bien desolador pues, además de ser pocos los espacios radiales, no existe un mercado discográfico, y los pocos registros prensados quedan relegados en los anaqueles de las facultades de música.
Es por eso que “Disímiles” del compositor Damián Ponce (Bogotá, 1980) no puede pasar desapercibida. Joven, muy joven (sin que esto le reste madurez a su obra), Ponce presenta un disco monográfico que se sale del circuito de publicaciones de las universidades y la pone al alcance de un público masivo. Desde su escueta presentación hasta las notas interiores, “Disímiles” marca un precedente pues se aleja de las formalidades académicas y, por ejemplo, no incluye pedantes notas eruditas que espantan a cualquier comprador desprevenido; eso quiere decir que, en un gesto incluyente, deja disfrutar al oyente sin que este tenga encima un informe taxonómico de lo que está escuchando. Desde aquí todo empieza bien.
Escritas en un periodo de seis años, las ocho piezas incluidas en la grabación presentan una amplia gama de formatos de cámara que van desde el dúo de flauta y marimba, un trío de piano violín y violoncello, un cuarteto clásico hasta llegar a una rara pieza para batería, bajo eléctrico, guitarra, saxo alto y clarinete.
Abre el disco “Relevos”, interpretada por el trío Tisquesusa. Basada en un juego de infancia, esta pieza nos remite a una atmósfera bien dramática, como sucederá más adelante con el “Cuarteto de cuerdas I”. Mientras el violín y el violoncello “juegan un rato” el piano mantiene el fuego con largos pasajes intensos que incluyen golpes en el cordaje.
Las dos composiciones para flauta y marimba (“Flauta y golpe”, “Surumbática”) fueron escritas en Cuba mientras Damián terminaba sus estudios en el Instituto Superior de Artes de La Habana. De allí el ambiente algo bucólico, sosegado y feliz al que, con cierta ingenuidad, nos remite esta obra interpretada por dos antiguos miembros del desaparecido ensamble de música contemporánea DeciBelio.
Luego de la calma viene la sacudida ¡Y a qué nivel! Por un lado, el “Cuarteto de cuerdas I” muestra a Ponce muy riguroso y clásico (en cuanto al formato se refiere), pero dueño de su tiempo en términos de composición. Hay en este cuarteto una sensación nerviosa de suspenso y tensión (resuelta con lujo de detalles por el Cuarteto Manolov), que en ocasiones -no sin cierta ironía- nos lleva de momentos a los andes y las costas colombianas. Sin embargo, es con la pieza final donde el compositor arriesga el todo por el todo y, con gran sentido del humor, se va por los lados del porro, el jazz, el punk y el metal. “La quinceañera”, escrita para la agrupación bogotana Asdrúbal, es un plato voraz que suena como un híbrido desquiciado entre Steve Coleman y Lucho Bermúdez.
Al igual que Damián Ponce hay más de treinta compositores colombianos esperando ser incluidos en portafolios y eventos de gran envergadura como el Festival Internacional de Música de Cartagena donde muy pocas veces son tenidas en cuenta estas tendencias locales de avanzada.
Como si el tiempo estuviera detenido, sin que él tenga la culpa, aún seguimos embalsamados en Mozart.

Publicado originalmente en Arcadia # 51, Diciembre de 2009

Varios Artistas/Island Groove; Caribbean Roots Vol. 1


Varios Artistas
Island Groove: Caribbean Roots Vol. 1
Reef Records
2009

A decir verdad, este proyecto no es novedoso. Grabar músicas de corte tradicional en su lugar de origen, sin efectos prefabricados y buscando la mayor naturalidad posible, fue un ejercicio de etnomusicología a través de cual, hace más de 70 años, Alan Lomax desenterró el jazz y el blues en sus manifestaciones más crudas. En Colombia, aunque el oficio no es tan legendario, tenemos a la mano valiosos precedentes como lo son los registros llevados a cabo por Guillermo Carbó, el percusionista Urián Sarmiento y la minuciosa labor que desde 1993 desarrolla Egberto Bermúdez con la Fundación De Mvsica.
El caso es que, aparte de los discos editados por estos tres investigadores (y las grabaciones de campo que el sello Ocora de Radio Francia prensó hace unos años sobre vallenato, bullerengue y música de sexteto), las publicaciones de música tradicional colombiana no se han caracterizado precisamente por la filigrana, el respeto y la proyección comercial que se merecen productos donde están contenidas las memorias sonoras de un país.
De esta problemática surge el año pasado Reef Records, un pequeño sello independiente que con “Island Groove: Caribbean Roots Vol. 1” ha demostrado cómo es posible acercarse sutilmente a tradiciones centenarias sin deformar su esencia y, mucho menos, sin llegar a la obviedad nacionalista. Acá hay rigor para abordar los contenidos históricos, calidad en la producción musical, estilo en el diseño y honestidad en cuanto a la claridad (en términos comerciales y jurídicos) que los miembros del sello ha tenido con los músicos protagonistas del disco.
Grabado en bloque en septiembre de 2008, “Island Groove: Caribbean Roots Vol. 1” es una compilación que reúne a Trujillo Hawkins & El Polvorete, Roots Radical y Tini Martínez, tres de los baluartes musicales más significativos de la zona insular de Providencia y Santa Catalina, islas en las que a partir del siglo XVII (cuando puritanos ingleses y escoceses llegaron con esclavos a colonizar) se ha venido tejiendo una compleja e híbrida tradición sonora compuesta por música de salón europea (mazurca, waltz, polka, schotisch), pasillo colombiano, manifestaciones rurales caribeñas (calypso y mentó), ritmos modernos de procedencia africana (socca y champeta), blues norteamericano y, recientemente, vallenato y reguetón.
Resulta crucial, desde cualquier punto de vista, una compilación de esta naturaleza si tenemos en cuenta que es la oportunidad para conocer, con sorpresa, personajes como Tini Martínez, un pescador guajiro, isleño de crianza y clásico trovador que con su melancólica voz, su guitarra y, a veces la mandolina, nos evoca un autentico bluesman del tipo Leadbelly. Martínez es hoy en día el principal protagonista de la música de cuerdas del Caribe insular, oficio que aprendió en largos vagabundajes, a pie, en caballo o en bote cuando salía a enamorar mujeres con sus serenatas.
Acá también está El Polvorete, grupo dirigido por Trujillo Hawkins, un insigne profesor de escuela y diestro acordeonero. Junto a su banda, Hawkins perpetúa una vieja leyenda de la región que habla de un cargamento de acordeones que los lugareños encontraron en un barco alemán encallado en las cercanías de Providencia por allá en el siglo XIX.
Por último, Roots Radical es un conjunto de pescadores, agricultores y artesanos que mantienen vivo el formato de música bailable presente en Providencia desde mediados del siglo XX. Maracas, guitarra, jawbone (quijada de burro), tub-bass (bajo de tinaja) y mandolina han sido los catalizadores de un estilo musical raizal, vibrante y espontáneo que, más allá del exotismo, deja ver una zona colombiana excluida en términos geográficos (para bien de su exuberante y delicado ecosistema) pero coyuntural si de arengas políticas se trata.
Esto último tiene sin cuidado a Juan Sebastián Rojas (antropólogo e investigador), Daniel Restrepo y Juan Felipe Pardo (ingenieros de sonido), unos tipos bien tercos que con el estudio nómada de Reef Records en la espalda (así, a la usanza del viejo Lomax) decidieron salir de viaje para mostrarnos, con lujo de detalles, algunos de los sonidos invisibles colombianos.

Publicado originalmente en Arcadia # 48, Septiembre de 2009